El descanso nocturno es un proceso biológico indispensable para la limpieza de toxinas acumuladas en el tejido cerebral durante el día. En las personas adultas mayores de 60 años, la estructura del sueño cambia de forma natural: las fases de descanso profundo disminuyen y los despertares nocturnos se vuelven más frecuentes. Sin embargo, padecer insomnio recurrente, apneas de la respiración o somnolencia excesiva durante el día no es una consecuencia normal del envejecimiento, sino una señal que requiere evaluación médica porque entre mejor dormimos más oportunidad de regenerar el organismo tenemos.
Los problemas persistentes para dormir representan una ventana directa a la salud cerebral. Durante la fase de sueño profundo, el sistema linfático del cerebro se encarga de eliminar proteínas metabólicas que se han vinculado a la enfermedad de Alzheimer. Cuando el descanso se interrumpe constantemente, disminuye la capacidad de consolidar la memoria reciente y se altera la regulación de la presión arterial.
Para resolver las alteraciones del sueño, es indispensable establecer rutinas constantes. Acostarse y levantarse exactamente a la misma hora todos los días ayuda a regular el reloj biológico; se recomienda evitar el consumo de irritantes por la tarde y mantenernos alejados de las pantallas por lo menos una hora antes de dormir.
Antes de recurrir al consumo de medicamentos inductores del sueño, se debe consultar con el médico o la médica tratante. Resolver los problemas de descanso protege las funciones cognitivas y preserva la agilidad mental.

NOTA IMPORTANTE: Recuerde que, si bien APRENDER A ENVEJECER aporta información de fuentes confiables, siempre recomendamos que consulte primero a su médica o médico de cabecera, y que evite automedicarse.

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