Seguramente ha visto al talentoso violinista Rogelio Guerrero en escena, si usted ha
escuchado en algún momento de la vida a la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN). Este
genial músico de fila de violín, quien ingresó a la Escuela de Música, hoy Facultad, en
1959, es un integrante indispensable y fiel a esta agrupación que da orgullo nacional.
En la Orquesta Sinfónica ocupó el puesto de concertino y posteriormente, en su
juventud, fue director de la Orquesta de Cámara e integrante del Cuarteto Clásico.
En los festivales culturales de la Universidad, que dieron origen al Festival Cervantino,
se presentó como solista y director. Ejecutó Las Cuatro estaciones de Vivaldi ante la
presencia de quien fuera Secretario de Educación Pública, Jaime Torres Bodet (1958-
1964). A mediados del siglo pasado, Guerrero también ingresó a la Orquesta Sinfónica
Nacional por invitación del maestro Manuel Enríquez, con quien hizo música de
Cámara.
Para Guerrero, guanajuatense de origen, el violín siempre ha sido un misterio; desde
su fabricación hasta su sonido. Con gran fe en la música, nacido en Guanajuato,
Guerrero aprendió a solfear a los cinco años y aprendió música primero de su papá
(que tocaba flauta y trombón). Posteriormente fue aprendiendo violín y se inscribió a la
incipiente escuela de música en Guanajuato. Pero comenzó a ser concertino y se fue
dando a conocer; su talento y pasión le fueron abriendo paso hasta que llegó a la OSN
en 1970, a la que ingresó sin necesidad de audición y de donde no se ha separado
desde entonces. Guerrero fue discípulo del muy famoso maestro de violín Vladimir
Vulfman.
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